Nippon-Koku y el viaje ideológico de la CND & LA VERONAL


CND NIPPON-KOKU from CND on Vimeo.

El pasado sábado 15 de febrero viajé a Japón de la mano de la CND y Marcos Morau, coreógrafo invitado por la Compañía a crear esta pieza original para los bailarines de la CND. Con Nippon-Koku, Morau y su compañía La Veronal siguen la línea de creaciones de danza inspiradas en geografías, que ya nos había llevado al público por otros territorios y al propio Morau a recibir el Premio Nacional de Danza en 2013 en su línea de Creación.

“Da gusto que un joven coreógrafo de nuestro país sea invitado por la Compañía Nacional de Danza a crear una pieza contemporánea original”. Esto fue lo primero que pensé, antes de entrar a ver la pieza a las Naves del Español en Matadero Madrid. Al salir, me quedé convencida de que esta línea de trabajo de la CND no es solo un reconocimiento merecido a nuestros creadores, sino que es una apuesta acertada por la evolución de la danza en nuestro país. Tuve la suerte de cruzarme con Morau cuando estaba tomando esta fotografía y pude felicitarle en persona (en realidad, le di las gracias).

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Luego, al llegar a mi casa, tenía tal cantidad de sensaciones que escribí desordenadamente un primer testimonio en mi facebook : Salgo tocada después de una hora y media con el cuerpo tenso, los ojos abiertos, el oído dolido y la mente funcionando. Una pieza inquietante, intensa, llena de significados, bellísima Nippon-Koku con la Compañía Nacional de Danza y La Veronal. En Matadero Madrid, mañana es el último día aquí… Para no perderla!  Al poco tiempo, había 40 “me gusta” en mi comentario. Nunca había recibido tantos.

Ha pasado ya una semana y solo ahora consigo sentarme a escribir. Nunca había tardado tanto. Son demasiadas ideas y cuesta digerirlas cuando son ideas intensas y llenas de significados. No es solo que Nippon-Koku cuente una historia larga y difícil de resumir. Es que, además, la historia no se acaba al finalizar la pieza. Porque Nippon-Koku nos habla de las formas de poder y de cómo los individuos y las sociedades se relacionan con este. La obra se recrea en el Japón imperialista de la Segunda Guerra Mundial, pero solo como telón de fondo, como escenario visible, ya que la narración maneja conceptos atemporales y nos empuja a cuestionamientos que no tienen que ver necesariamente con un territorio. Hay mucho de la sociedad actual, de la forma en que (no) cuestionamos a la autoridad, de la sumisión e indefinición de las masas y de la impotencia del individuo.

“Imaginemos a un grupo de altos cargos de algún ejército en un lugar extraño, supuestamente poderosos, pero sin nadie a quien dirigirse o mandar, ni soldados, ni civiles, ni rehenes, ni siervos. Aislados de cualquier idea de civilización, estos dirigentes anónimos están fuera de juego, fuera de la idea de batalla. Todo resulta ahora inútil porque la supuesta guerra, que nunca llega a verse, debería ser la acción más real y directa, mientras que aquí, en esta isla flotante de militares desactivados, la acción es tan irreal como una alucinación que acontece en un estado constante de escepticismo”.  (…)
“Sin constituirse como un trabajo documental, Nippon-Koku camina en torno a la idea de sociedad y autoridad para poner en duda lo que somos, dónde estamos y la naturaleza de nuestro comportamiento dentro del juego social del que, queriendo o sin querer, somos absolutamente cómplices”

La pieza arranca con una voz en off  que nos dice “la autoridad es absolutamente anárquica”. Es el punto de partida de lo que va a venir, una hora y media de tensión lograda a través de los movimientos y la interpretación sobresaliente de los bailarines, acompañados de una puesta en escena sobria y a la vez cargada de detalles y significados, que ponen a prueba la capacidad de abstracción del espectador.

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La pieza arranca con una bailarina enredada en una soga, que comienza a tirar de la cuerda como buscando hacerse dueña de su vida (aunque sea acabando con ella), mientras otros tres individuos clavan su mirada en ella y parecen mofarse del hecho de que esa cuerda no tenga final. A partir de aquí, cada escena de dos o tres minutos es tan intensa, rotunda y compleja como esta. Es imposible no conectarse y por tanto es imposible no salir agitado. Llama la atención lo cerca que se sitúa la acción con repecto al público: la puesta en escena está como echada hacia adelante, volcada, sin un telón que dé un poco de distancia al espectador, de forma que la sensación es la de que la escena te invade de alguna manera.

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En el siguiente escenario los bailarines aparecen divididos por un cristal. De un lado hay un grupo quieto que observa y juzga, del otro dos bailarines en movimiento que son observados y juzgados. No sabemos por qué o para qué. Lo que nos llega es la sensación de confrontación y de falta de entendimiento, la dualidad de sumisión y poder, de discurso oficial y disidencia  (sea cual sea el discurso que haya de cada lado). El cristal encierra lo que parece una cabina de una sala de interrogatorios o de un sanatorio mental (que vienen a ser lo mismo). Un teléfono de época suena incesantemente con un ruido molesto que despierta la sensación de alarma en los bailarines. Vemos su reacción de miedo pero nadie responde. Son conscientes de la alerta, pero no tienen respuesta. Un piloto rojo se enciende y apaga con las llamadas.

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Frente a la cabina, el siguiente escenario podría parecer un exterior, y sin embargo sigue resultando asfixiante: estamos ante un cubo gris, solo limitado por unas cortinas a ambos lados, flanqueadas al fondo por dos esculturas de perros guardianes, las cortinas dispuestas como si estuviésemos viendo un horizonte de larga distancia, que se hace estrecho al final del alcance del ojo. Una alfombra gris se extiende desde el frente del escenario hasta el fondo,  también estrechándose hacia el final, marcando esa perspectiva propia de las largas distancias. Y sin embargo el espacio es conscientemente pequeño para los bailarines que lo ocupan.

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Al fondo hay unas escaleras detrás de las cuales cae la nieve. Y al filo del último escalón pasea una figura un poco fantasmagórica, una mujer ataviada con su kimono y su sombrilla, como una reminiscencia de una vida fuera del sistema, fuera del cubo. Pero esa vista de fondo es un paisaje irreal, inaccesible: las escaleras no llevan a ningún lado, los bailarines las suben poco a poco y al llegar a ese último escalón solo encuentran un vacío, por el que se terminan arrojando casi todos.  El suicidio es uno de los símbolos que atraviesan toda la pieza: el fin de la vida se convierte paradójicamente en el único acto de afirmación para los individuos. Fuera de esa caída, de ese acto propio y absurdo, su existencia se ve atrapada en una masa social que es a la vez autoridad y sierva. No sabemos quién manda en quién, solo sabemos que todos ellos están atrapados por un sistema del que son víctimas y a la vez culpables, cómplices en todo caso.

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El trabajo de los bailarines es espectacular. Hay tanta danza de calidad en sus movimientos, como buena interpretación en sus miradas, gestos, actitudes y  voces. Encontramos solos, dúos y tríos de puro lenguaje contemporáneo, arriesgado y al servicio de una narración muy compleja, con guiños a la danza japonesa butoh -que profundiza en lo oscuro, lo grotesco y lo decadente tras los desastres atómicos de Hiroshima y Nagasaki- y a los movimientos tradicionales de las artes marciales. Los conjuntos representados por todo el elenco se inspiran en las marchas militares, que se rompen cuando algún bailarín se descuelga para marcar otros ritmos o silencios, como llevando la contraria, para luego volver a uniformizarse en el ritmo del grupo, bajo el grito de mando y reprobación de algún compañero. Se alternan así movimientos de sincronización perfecta con momentos de tensión y ruptura. Y en medio aparecen algunos bailarines portando sillas de ruedas para recoger y reconducir a los individuos desviados. O a los mutilados de guerra, quién sabe.

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El viaje de la CND y La Veronal ha despertado el interés de muchos y es de celebrar que medios de todo tipo se estén haciendo eco de Nippon-Koku (no sólo los habituales medios culturales o especializados, también generalistas, de moda o lifestile…). Y es que un viaje tiene muchas aristas: cuando viajamos o imaginamos un lugar, descubrimos un nuevo territorio pero también -y sobre todo- un momento y una cultura – sociedad concretos, que solo se pueden percibir si van acompañados de todo lo que les rodea y les define: una forma de vestir, un idioma, unos sonidos, unos símbolos, unos colores, unos interiores…  Nippon-Koku dibuja un viaje ideológico. Quizá por esto, y porque el viaje está realmente dibujado en la pieza, a lo largo de esta semana he encontrado noticias de Nippon-Koku en medios como Efe Estilo, que destacaba el vestuario creado por David Delfín,  Vanity Fair, que recomendaba la obra como plan de fin de semana (me alegra que el plan sea este y no irse de tiendas), o El economista, que destacaba las reflexiones sobre poder e individuo presentes en la pieza.

Esta cuestión del viaje en toda su extensión merece un poco más de detalle. En Nippon-Koku, el viaje a un Japón imperialista en la época de la Segunda Guerra Mundial es un viaje a sus profundidades que no olvida ninguna de las aristas y que desplaza al público a otro lugar. Lo que quiero decir con esto, es que como espectadora no he tenido sensación de ver un documental  por una pantalla de televisión, sino la de formar parte de ese viaje, la de haberme trasladado allí y ser testigo directo. ¿Cómo? Pues porque la pieza se ha encargado de traernos al teatro todos los elementos que componen una realidad bien narrada: los bailarines llevan el vestuario militar gris y verde, al tiempo que otros elementos recuerdan los colores blanco y rojo de la bandera nipona; una figura de fondo luce el quimono y la estética tradicional japonesa; la cuestión social e ideológica es llevada tanto a la puesta en escena como a cada uno de los movimientos y gestos (digo gestos porque hay mucha interpretación); el idioma japonés se oye en boca de los bailarines; los sonidos de marchas militares se reproducen en la música; las voces de unos dirigentes dando discursos totalitarios se locutan por un altavoz que cuelga del techo; los escenarios son dignos de una dirección de fotografía de cine; los guiños a Yukio Mishima se atreven a poner en relación fascismo y belleza, los símbolos… están por toda partes: en la sombrilla que manejan los bailarines; en los dorados de los galones; en el teléfono y su luz roja de alarma de guerra, en la cuerda de soga infinita; en los lunares rojos (de la bandera japonesa, pero también tan españoles, por cierto) de los maillot que visten de repente dos bailarinas-muñecas; en los calcetines blancos y ajustados que nos recuerdan la idea de higiene y limpieza ideológica propia de un régimen autoritario. Y muy especialmente en ese abismo al fondo del escenario por el que se arrojan al suicidio los bailarines.

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Todos estos elementos están cuidado y bien hilados con el argumento coreográfico de la pieza. No son partes secundarias, sino tan principales como el movimiento y la interpretación. Cuando uno lee un poco más sobre La Veronal, se entiende por qué sus obras están tratadas desde una perspectiva tan  global: “La Veronal está formada por artistas procedentes de la danza, el cine, la literatura y la fotografía y persigue la constante búsqueda de nuevos soportes expresivos y referencias culturales que apuesten por un fuerte lenguaje narrativo con la intención de formar espacios artísticos globales”. Su Director, Marcos Morau, se licenció en Coreografía con la máxima calificación y obtuvo el premio extraordinario en el Institut del Teatre de Barcelona y el Movement Research de Nueva York; realizó su proyecto de ayudantía coreográfica en el Nederlands Dans Theater II de Holanda y en la compañía IT Dansa de Barcelona bajo la dirección de Catherine Allard. En 2005 puso en marcha La Veronal, que de mano de su imaginario se ha diferenciado en el mapa de la creación contemporánea internacional “como una voz propia”.

Esa voz propia de La Veronal se nota que es una voz formada por muchos, todos los que la componen. Va a seguir dando mucho de que hablar. En esta ocasión, además, ha sido escuchada y después pronunciada de forma bellísima por los bailarines de la CND. Hay que decir también que la campaña de comunicación de la CND ha acompañado a la propuesta, empezando por su imponente cartel y por la difusión de su imagen a lo largo y ancho de Madrid, acompañada de presentaciones públicas y sesiones con prensa. La danza necesita de una gestión tan profesional como esta.

De Nippon-Koku se podría conversar durante horas. Porque despierta interrogantes que no se resuelven de un día para otro. Para conocer más detalles de la pieza, recomiendo la lectura de esta entrevista a Marcos Morau en la revista Madrid Teatro.

Incluso el título encierra palabras desconocidas. Sólo hoy se me ocurrió buscar su significado: según la wikipedia, El koku “es una unidad de medida utilizada antiguamente en el Japón, que originalmente fue definido como la cantidad de arroz teóricamente necesaria para alimentar a una persona durante un año (un koku de arroz pesa cerca de 150 kilogramos, y un koku de arroz era el alimento necesario para que una persona viviera un año). En el periodo Meiji (1868 – 1912), las unidades de medición japonesas fueron abolidas y se implantó el sistema métrico en su lugar. El koku aún es empleado comúnmente en la industria maderera de Japón”.

Inquietante, ¿verdad? Pues atención al origen del nombre de La Veronal… en esta conferencia de Roberto Frattini en el Museo Reino Sofía se puede conocer la historia, relacionada con nombres de sustancias barbitúricas.

Este fin de semana Nippon-Koku está en el Laboratorio de las Artes de Valladolid [LAVA] y después pasará por el Mercat de les Flors de Barcelona. Merece la pena acercarse a verla, a escucharla, a pensarla.

Nippon-Koku
Dirección: Marcos Morau & La Veronal.
Coreografía: Marcos Morau & La Veronal en colaboración con los bailarines de la CND.

Música: Luis Miguel Cobo.
Asistente de coreografía: Lorena Nogal.
Dramaturgia: Pablo Gisbert.
Escenografía: Enric Planas.
Vestuario: David Delfín.

Iluminación: Albert Faura.
Asistencia en la dramaturgia: Roberto Fratini.
Estreno absoluto por la Compañía Nacional de Danza el 8 de febrero de 2014 en Naves del Español – Matadero Madrid.

Cuerpo de baile: Mar Aguiló, María Andrés, Lucie Barthélémy, Elisabet Biosca, Eugenia Brezzi, Rebecca Connor, Sara Fernández, Emilia Gisladottir, Nadia Kahn, Agnés López, Clara Maroto, María Muñoz, Natalia Muñoz, YaeGee Park, Allie Papazian, Nandita Shankardass, Aitor Arrieta, Japoco Giarda, Erez Ilan, Álvaro Madrigal, Toby William Mallit, Iván Sánchez, Roberto Sánchez, Rodrigo Sanz, Mattia Russo

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